proyecto final de carrera / ETSAG

CAMPOSANTO

En Septiembre de 2013, terminadas ya todas las asignaturas de la carrera, me dispuse a embarcarme en el ineludible proyecto final de carrera. Entre las opciones que se nos ofrecían a los que íbamos a empezar ese trámite desmedido para obtener el título había un enunciado que llamaba la atención: “Ciudad de los Muertos de Churriana de la Vega”.

Este título, pese a ser más propio de un capítulo muchachadesco que de un PFC, escondía un interesantísimo programa, bastante abierto a sugerencias y posibilidades en torno al tratamiento de dos temáticas complejas de afrontar: el paisaje agrícola maltratado y amenazado por la especulación urbana y la relación muerte y arquitectura.

En todo momento busqué que este trámite que era el proyecto final de carrera, que muchas veces se enquista, se convierte en algo pesado, extenuante y aburrido, fuera una forma de afrontar algo así como una madurez pre-arquitectónica, una especie de juego definitorio de lo que quería ser una vez acabase la carrera. Con el paso del tiempo es inevitable la vista crítica de aspectos del proyecto, más que mejorables, pero fue un proceso que disfruté y que me devolvió tanto o más de lo que puse en él.

Ahora, un año después, tras mucho abandono, alguna que otra controversia local y un buen puñado de darle vueltas, he decidido publicarlo. El fin de esta publicación es ante todo divulgativo, es decir, que sea útil a otras personas que se enfrenten a este mismo trámite, pudiendo hacer uso de la experiencia ajena (o los batacazos más bien). Pero también es casi como un golpe en la mesa reaccionario a una situación de aborrecimiento, de enaltecimiento del parecer sobre el ser y sobre todo de una pérdida del sentido común  de una disciplina decadente y vetusta. Hemos perdido la capacidad de silencio y aún así pretendemos seguir componiendo. Pero si tuviera que resumir la actitud del proyecto y la mía propia para con él, lo haría con estas palabras:

“Nada hay tan difícil en nuestra labor de arquitectos como el conseguir la exacta ambientación de nuestros trabajos. En ocasiones debemos superarnos en conocimientos y profundidades; otras, puede llegar el caso, en sutilezas y frivolidades, se trata de ponerse a tono, vibrar con el tema. Si se quiere demostrar lo que uno sabe, nos enorgullece el trabajo, nos hincha como pavos, es una buena la llegada del arquitecto. Duro es cuando, para acertar, debemos precisamente olvidar todo, casi todo lo poco que sabemos. Conseguido, como ya nada sabemos, no queda otro remedio que empezar copiando, haciendo lo que vemos en aquellos que tomamos por maestros; el acierto está, pues, en la elección de ellos. Parece una paradoja esto de copiar para crear. Cuentan de Juan Sebastián Bach, el abuelo de toda la música, que con frecuencia al sentarse al órgano para componer empezaba tocando obras de Buxtehüde o Haendel…

Es Esquivel un intento de tomar como maestros a quienes siempre hicieron los pueblos, y que los hicieron por cierto de maravilla: los albañiles y maestros de obras pueblerinos […] Se buscó en todo el pueblo la sencillez, nuestro caballo de batalla, el hacer las cosas con una simplicidad absoluta; lo más nada posible con la menor ciencia”.

Alejandro de la Sota. Memoria del poblado de Esquivel

Gracias y bienvenidos

Manu Barba